Crisis pandémica y aceleración de la historia

Francisco Fernández-Jardón, Investigador contratado predoctoral FPU, Centro de Ciencias Humanas y Sociales (CCHS – CSIC)

Juan Carlos Velasco, Investigador Científico, Instituto de Filosofía (IFS-CSIC)

El estallido de una crisis planetaria debido a la expansión de la Covid-19 ha supuesto un shock para la opinión pública de una envergadura desconocida en la historia reciente. Más allá de la preocupación por la presión a la que se han visto sometidos los sistemas sanitarios, la incertidumbre generada por la «hibernación» de la economía ha multiplicado la inquietud por el alcance de las imprevisibles consecuencias sociales de esta plaga de resonancias bíblicas.

Está por ver si una vez superada la emergencia sanitaria será posible restaurar lo que había o si, más bien, ésta nos sumerge en algo totalmente nuevo. Son muchos los que ya apuntan que esta crisis constituye un punto de inflexión en nuestro modo de ver las cosas, en las dinámicas que guían las relaciones sociales y en el orden de valores socialmente aceptados. Algunos pensadores se han pronunciado en esta dirección, aunque en sentidos totalmente divergentes. Coinciden en general a la hora de despedir el mundo de ayer, pero disienten sobre la clase de mundo que saludaremos mañana.

Política y retórica del conflicto

Nos encontramos en el instante que Gramsci definió como el interregno en el que lo viejo muere y lo nuevo no termina de nacer. Por eso, está por ver si de la crisis puede surgir una sociedad más justa e igualitaria. En todo caso, no se puede olvidar que toda reorganización del poder no sólo entraña beneficios, sino también costes, y, por tanto, encuentra la resistencia de quienes más tienen que perder.

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Crisis pandémica y aceleración de la historia
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Más allá de la popularidad que ha alcanzado la retórica identificación del virus con un enemigo a batir (evocadora imagen del inmemorial anhelo humano de domeñar las fuerzas de la naturaleza con las armas de la ciencia y la técnica), la invocación de la guerra revela la dimensión de conflicto que subyace a toda alteración de los equilibrios de poder. Conviene aquí recordar cómo Foucault invierte el famoso dictum de Clausewitz: no es la guerra la continuación de la política por otros medios, sino la política la continuación de la guerra.

Esta dimensión conflictiva atraviesa toda la política moderna, al menos desde la época de las revoluciones burguesas y socialistas. Un punto y aparte fue el intento de superar el conflicto a través del Estado social configurado en la posguerra del 45, lo cual condujo al «agotamiento de las energías utópicas» que articulaban la lucha de clases, como Habermas señaló años atrás.

No obstante, la progresiva erosión del Estado de bienestar y el dramático aumento de las desigualdades, especialmente tras el crash financiero de 2008, ha relocalizado el conflicto en el interior de las sociedades occidentales, abriendo la puerta a un ciclo político más inestable y al auge del populismo. Al mismo tiempo, tras décadas de incontestable hegemonía norteamericana, la emergencia de China como potencia capaz de disputar la influencia global de EE.UU. reactiva la dialéctica de Estados como motor de la historia universal.

Un nuevo contrato social

Pues bien, en función de cómo se resuelvan estas tensiones, tanto domésticas como globales, podría surgir un nuevo equilibrio de fuerzas que haga posible un contrato social más justo que beneficie a todos. Como ha sucedido con otras grandes crisis, la del coronavirus podría acelerar la historia y ser el catalizador de ese nuevo estado de cosas.

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Ahora bien, conviene ser prudentes. Sabemos que el mundo no volverá a ser como antes, pero eso no excluye que pueda ser peor. La constelación de fuerzas que resulte de la crisis depende esencialmente de cuál sea el principio rector que guíe el cambio: ¿se tratará de un ajuste sistémico a unas nuevas circunstancias, o consistirá, más bien, en la afirmación de un nuevo principio moral que altere sustancialmente los cimientos de la sociedad? La pregunta no es irrelevante, pues en función de su respuesta podremos juzgar si lo nuevo que está por nacer es una continuación de lo viejo bajo otra forma o si lo viejo ha sido definitivamente dejado atrás.

La encrucijada europea

En el caso particular europeo, una solución sistémica planteada con las anteojeras de la ortodoxia neoliberal debilitaría enormemente a los Estados mediterráneos.

Sería difícil mantener un frágil statu quo que asegurase en el corto plazo la estabilidad de las clases y territorios más beneficiados por la moneda común. La arquitectura europea amenazaría constantemente con derrumbarse: la pérdida de legitimidad que experimentaría la Unión Europea movilizaría una pulsión rupturista en el seno de las sociedades más perjudicadas. Ciertamente, las ataduras de la deuda soberana dejarían poco recorrido en solitario a los Estados sureños, sin embargo, la falta de horizonte en el club europeo podría empujar a muchos a buscar nuevas alianzas en el nuevo escenario internacional multipolar que aseguren su supervivencia. La capacidad de despliegue de China y Rusia en el sur de Europa en el contexto de esta crisis no permite descartar del todo esta posibilidad.

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Por eso, en el contexto de esta crisis, la mejor solución sistémica y la más inteligente (aquella capaz de garantizar la continuidad de la UE a medio plazo) es, justamente, la que conduce a una mayor y más eficaz integración europea.

En efecto, en el interés de quienes más se han beneficiado del mercado único y la moneda común está asegurar su continuidad, y ésta sólo puede pasar por una enérgica reforma que anteponga a las cuatro libertades básicas (libre circulación de mercancías, servicios, trabajadores y capitales) un proyecto igualitario que garantice la prosperidad de todos los Estados miembros.

En este sentido, la solución sistémica óptima coincide con la necesidad de articular medidas efectivas que satisfagan las demandas de solidaridad de los países más afectados por las consecuencias socioeconómicas de la pandemia. Ello redundaría en una relajación del conflicto social, en un más amplio apoyo ciudadano frente a los populismos y, en definitiva, en mayores cotas de legitimidad de la Unión.

La alternativa es únicamente el recrudecimiento de la condición de guerra que subyace a la política. La historia nos muestra que esa dinámica puede terminar en un horror de dimensiones apocalípticas, una pesadilla que los europeos hace tiempo lograron exorcizar.

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