Clima, salud vegetal y bienestar humano, más conectados que nunca

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Enrique Andivia Muñoz, Universidad Complutense de Madrid

Más que nunca, es imprescindible que entendamos que nuestra salud depende, en gran medida, de la salud de los ecosistemas.

Cuando pensamos en el impacto del cambio climático sobre la sociedad humana, es habitual imaginar ciudades inundadas por la subida del nivel del mar o glaciaciones que ocurren de la noche a la mañana. Es indudable que el cine ha marcado nuestro imaginario colectivo, especialmente ante situaciones que no hemos experimentado, con hipotéticas catástrofes naturales a escala global.

La realidad nos muestra que los cambios no son tan bruscos como en la ficción. Esto nos puede llevar a una sensación de falsa seguridad. Sin embargo, la actual velocidad de los cambios ambientales provocados por la actividad humana tiene pocos precedentes en la historia de nuestro planeta. Sin duda, nos tocará vivir sus consecuencias más negativas si no actuamos con celeridad.

Es difícil comprender la magnitud de la catástrofe a la que nos enfrentamos. Requiere de un profundo esfuerzo por considerar las enrevesadas interrelaciones existentes entre los distintos componentes de nuestro ecosistema global. Todos hemos escuchado alguna vez que “el batir de las alas de una mariposa puede provocar un huracán en otra parte del mundo”.

Este año hemos vivido en primera persona un ejemplo del llamado efecto mariposa: la pandemia de la covid-19 está relacionada con la pérdida de biodiversidad y la alteración de la naturaleza causada por la actividad humana.

Pérdida acelerada de los mejores cultivos

Las plantas no solo generan el 98 % del oxígeno que respiramos, sino que son el pilar fundamental de nuestra nutrición. Suponen el 80 % de los alimentos que consumimos.

La Organización de las Naciones Unidas ha declarado 2020 como el Año Internacional de la Sanidad Vegetal para concienciar de la importancia que tiene proteger la salud de las plantas para la conservación de la naturaleza y la erradicación del hambre y la pobreza. Más aún en un contexto de cambio climático.

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Algunos estudios han cifrado en un 10 % la pérdida de rendimiento en las cosechas de cereal por cada grado de calentamiento. El cinturón mundial de cultivo natural de trigo se ha ido desplazando hacia los polos a razón de 260 km por década.

Podemos pensar que estas pérdidas de productividad se compensarán con la ganancia de nuevos terrenos de cultivo. Sin embargo, nos olvidamos de que los cultivos actuales se encuentran en los terrenos más fértiles. La velocidad a la que se desarrolla un suelo óptimo para cultivo dista en varias unidades de magnitud de la velocidad a la que se desplaza el óptimo climático debido al calentamiento.

El cambio climático es solo una arista de lo que conocemos como cambio global, cuyo resultado es una pérdida generalizada de biodiversidad y una homogenización cada vez mayor de los ecosistemas.

Pesticidas y plagas: mal remedio para la enfermedad

Todos estos procesos desembocan en las condiciones óptimas para la proliferación de plagas y enfermedades en las plantas. Es un claro paralelismo con las enfermedades infecciosas emergentes que afectan al ser humano.

La FAO estima que un 40 % de los cultivos a nivel mundial se pierden a causa de plagas y enfermedades. Esto provoca pérdidas de aproximadamente 180 000 millones de euros anuales. En muchos casos se producen en comunidades rurales de países en vías de desarrollo donde la agricultura es la principal, sino única, fuente de sustento.

La conservación de la biodiversidad y la protección de las plantas ante plagas y enfermedades es mucho más efectiva y rentable que utilizar productos fitosanitarios y pesticidas, que además de requerir más tiempo y dinero para mostrar su eficacia tienen un efecto perjudicial sobre la naturaleza. Sin embargo, no solo la producción agrícola está amenazada.

¿Repoblar con miles de árboles es la solución?

Si hiciéramos una encuesta a la ciudadanía sobre prioridades en materia de conservación de la naturaleza y mostráramos fotos de un pastizal, un matorral y un bosque, sin duda un alto porcentaje elegiría el bosque como área prioritaria a conservar.

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Esto es, en parte, debido a la falsa idea generalizada de que pastizales y matorrales constituyen etapas degradadas de la sucesión ecológica. Pero también por razones justificadas. Los bosques son ecosistemas claves para el funcionamiento de nuestro planeta, albergan alrededor de 2/3 de la diversidad terrestre, proporcionan múltiples servicios ecosistémicos (madera, alimentos, regulación climática, etc…) y son esenciales para nuestra salud. Además, se estima que absorben un tercio de las emisiones antrópicas de CO₂ anuales.

Con esta carta de presentación no es de extrañar la puesta en marcha de numerosas iniciativas internacionales que promueven la plantación de billones de árboles para mitigar los efectos del cambio climático. La plantación, bien diseñada y ejecutada, de árboles y otras especies es de gran utilidad para la restauración de ecosistemas y para garantizar la regeneración de muchos de nuestros bosques.

Sin embargo, pensar que estos árboles jóvenes –suponiendo que todos ellos sobrevivan a la plantación– van a alcanzar la funcionalidad de un bosque y, sobre todo, compensar las emisiones de haber quemado el carbono que durante millones de años se ha almacenado en los organismos que habitaron nuestro planeta es, cuanto menos, utópico.

Alerta: efectos rebote

Por otro lado, muchos de estos árboles se plantarán en valiosos ecosistemas alterando su funcionamiento y los servicios ecosistémicos que nos proporcionan.

Además, ignoramos que el clima al que estarán sometidos estos árboles cuando alcancen la madurez será muy diferente al actual. Los escenarios climáticos prevén no solo un aumento de la temperatura, sino también de la aridez y de los eventos climáticos extremos como olas de calor y grandes sequías.

La vegetación estará pues sometida a un mayor estrés hídrico disminuyendo su tasa fotosintética mientras aumenta su respiración. Esto nos podría llevar a la paradoja de que los árboles que plantamos como medida de mitigación pasarán de ser sumideros a fuentes de CO₂.

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De hecho, cada vez son más los estudios que muestran decaimiento y eventos de mortalidad masiva en masas forestales de todo el mundo.

A todo esto hay que añadir que las plantaciones dan lugar a masas forestales con una alta carga de combustible si no son gestionadas posteriormente. Esto las hace muy vulnerables a sufrir incendios que devolverían a la atmósfera el CO₂ que hayan podido capturar.

Plantamos aquí, pero abusamos del exterior

Existe otra paradoja en todo esto: la globalización y el abandono rural en países como el nuestro nos ha hecho dependientes de materias primas y alimentos del exterior.

Mientras la deforestación en la Amazonia es cada vez más preocupante, el área forestal de nuestro país ha aumentado, aunque el aprovechamiento forestal de los bosques ha desaparecido prácticamente. Esta falta de gestión ha hecho que los bosques sean más vulnerables a sequías, grandes incendios, plagas y enfermedades.

Al igual que el uso de la mascarilla y el distanciamiento social son claves para combatir la covid-19 a la espera de una vacuna, debemos tomar medidas para proteger los ecosistemas mientras esperamos una cura milagrosa para el cambio climático.

Centremos nuestro esfuerzo en conservar y restaurar los ecosistemas, pero no olvidemos la importancia de la gestión humana para garantizar su salud y persistencia, a la vez que podemos utilizar localmente los productos que nos ofrecen. Así contribuiremos a la conservación de ecosistemas remotos, como los bosques tropicales, mientras disminuimos las emisiones. La salud de nuestros ecosistemas, y por tanto la nuestra, están en juego.