Crímenes de guerra en Ucrania!
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Los festejos del Día de la Victoria no disimulan lo mal que le van las cosas a Putin en Ucrania

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El presidente ruso, Vladimir Putin, asiste a una ceremonia de ofrenda de flores en la tumba del soldado desconocido, cerca del Kremlin. EPA-EFE/Anton Novoderekhkin/Kremlin pool/Sputnik

Stefan Wolff, University of Birmingham y Tatyana Malyarenko, National University Odesa Law Academy

Miles de rusos se congregaron el 9 de mayo en la Plaza Roja de Moscú para asistir a las celebraciones anuales del Día de la Victoria, una conmemoración enormemente simbólica de la derrota del nazismo en la segunda guerra mundial.

Pero en el resto del mundo existe un consenso generalizado de que los militares rusos no han logrado hasta ahora los éxitos territoriales estratégicos que habrían permitido a Vladimir Putin declarar que los objetivos de guerra de Moscú se han alcanzado a tiempo para el evento. Y así, al negársele la oportunidad de declarar su propia victoria en Ucrania, Putin se limitó a repetir una versión de su gastada diatriba contra la OTAN y Occidente en su discurso en la Plaza Roja.

Pero el retroceso de Rusia comenzó mucho antes. Tras fracasar en su intento de tomar Kiev y forzar la rendición ucraniana en los primeros días y semanas de la invasión, Moscú anunció objetivos algo más modestos, aunque no necesariamente más alcanzables, para la segunda fase de su agresión contra Ucrania en abril.

En el curso de esta segunda etapa de la guerra, Rusia espera establecer el control total sobre el Donbás y el sur de Ucrania, incluyendo Odesa, y consolidar un corredor terrestre hacia la región escindida de Moldavia, Transnistria.

Esta estrategia recuerda al proyecto de la Nueva Rusia impulsado por el Kremlin brevemente en 2014 para justificar las reclamaciones territoriales rusas sobre el sur de Ucrania y Crimea. Se basa en la históricamente dudosa afirmación de que estas zonas, conquistadas por el Imperio ruso zarista en varias guerras del siglo XVIII con el Imperio otomano, siempre han sido rusas y, por tanto, deberían formar parte de la Rusia actual.

Hasta ahora se han hecho pocos progresos en este sentido. Rusia ha conseguido algunas victorias territoriales iniciales al norte de Lugansk, pero ha retrocedido en torno a Járkov. Del mismo modo –y también desde los primeros días de la invasión–, Rusia se hizo con gran parte de la región de Jersón, pero tuvo que abandonar los planes de celebrar un referéndum allí, inicialmente previsto para el 27 de abril, y está luchando por la introducción del rublo ruso.

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Asimismo, cerca de la mitad de la región de Zaporiyia, incluida la capital que le da nombre, sigue en manos ucranianas. Las fuerzas rusas tampoco han podido avanzar hacia Mykolaiv, la capital de la vecina región del mismo nombre, y de hecho se han visto alejadas de esta estratégica ciudad por una contraofensiva ucraniana.

El Kremlin tampoco ha podido tomar toda Mariúpol, donde los defensores ucranianos siguen frustrando los esfuerzos rusos en medio de una catástrofe humanitaria.

Mapa de Ucrania que muestra el progreso de la invasión rusa a 9 de mayo de 2022
Invasión de Ucrania: situación a 9 de mayo. Viewsridge (Fuente de los ataques con misiles: BNO News), CC BY-NC

Aunque la ofensiva rusa en el este y el sur de Ucrania se ha estancado, no ha terminado. Las fuerzas rusas han logrado pequeños avances en torno a Izium y Popasna desde que el esfuerzo bélico se redirigió al Donbás, y sigue existiendo el peligro de que las fuerzas ucranianas sean cercadas en las zonas controladas por el Gobierno de las regiones ucranianas de Donetsk y Lugansk.

Rusia: ¿de la ofensiva a la defensa?

Pero los avances de Rusia han tenido un coste significativo en términos de personal y material. Ambos cada vez más difíciles de reemplazar debido a la falta de tropas disponibles listas para el combate y a las sanciones occidentales, que dificultan la producción y reparación de nuevos equipos.

Pero la continuación de los intensos combates en el Donbás y de los ataques de largo alcance contra los principales centros de población e infraestructuras críticas en el centro y el oeste de Ucrania indican que Moscú conserva importantes capacidades de combate y está dispuesto a ponerlas en práctica.

Los esfuerzos de defensa ucranianos, muy decididos y exitosos, apoyados por la ayuda militar occidental a Kiev y el aumento simultáneo de la presión económica sobre Moscú, plantean la cuestión de cuánto tiempo invertirá Rusia en una agresión injustificable que es cada vez más difícil de sostener y carece de cualquier signo de progreso tangible.

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A medida que pasa el tiempo, es cada vez más probable una guerra de desgaste. A medida que Rusia pase a la defensiva, se atrincherará firmemente en los territorios que posea para entonces y, en una inversión de la situación actual, Ucrania tendrá dificultades para hacer retroceder a las fuerzas rusas mucho más.

¿Negociaciones en el horizonte?

Los aliados occidentales de Ucrania, mientras tanto, han impulsado objetivos bélicos cada vez más ambiciosos. Entre ellos, el secretario de Defensa estadounidense, Lloyd Austin, dijo que hay que debilitar a Rusia “hasta el punto de que no pueda hacer el tipo de cosas que ha hecho al invadir Ucrania”. Por su parte, la ministra de Asuntos Exteriores del Reino Unido, Liz Truss, ha exigido que se expulse a Rusia de Ucrania por completo.

Esto va más allá de los objetivos mínimos del presidente ucraniano, Volodymyr Zelensky, en cualquier negociación: que Rusia se retire más allá de las líneas del frente tal y como existían antes del inicio de la invasión el 24 de febrero de 2022.

Pero Zelensky también ha dejado claro que una condición previa para que Ucrania entre en negociaciones era la evacuación exitosa de los civiles (que ya se ha completado) y de los combatientes de la acería asediada de Azovstal en Mariúpol.

Por el momento, no hay indicios de que la guerra vaya a terminar con algo que no sea un acuerdo negociado. Suponer lo contrario sería sobrestimar las posibilidades de expulsar a Rusia de Ucrania y subestimar el coste humano y material y el plazo de tiempo para ello. Además, después de casi tres meses de guerra, ambos bandos están agotados y pueden estar deseando una pausa en los intensos combates para descansar, reagruparse y reabastecer a sus fuerzas.

Independientemente de cómo se produzca este alto el fuego, también crearía una oportunidad para las negociaciones, sobre todo porque cualquier cambio posterior en el statu quo que se logre hasta entonces sólo sería posible a un coste probablemente intolerable.

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El creciente compromiso de las Naciones Unidas en los esfuerzos de mediación y la reciente declaración presidencial del Consejo de Seguridad de la ONU, que también fue apoyada por Rusia, indican que la vuelta a las negociaciones puede ser factible en un futuro próximo.

Dado que puede desarrollarse una situación de ni guerra, ni paz similar a lo que ocurrió en 2014-2015, Occidente debe recordar el malogrado Acuerdo de Minsk de febrero de 2015. Las nuevas negociaciones con Rusia ahora no necesitan, ni deben, implicar ninguna concesión que legitime la agresión de Putin.

Moscú ha de fracasar en Ucrania y de forma visible para disuadir de futuros aventurerismos. Pero para que eso sea posible, es necesario que las negociaciones se lleven a cabo, y ni siquiera comenzarán mientras una de las partes siga creyendo que puede ganar en el campo de batalla. Incluso una vez que se haya comprendido que esto no es posible, ambas partes intentarán mejorar sus posiciones sobre el terreno antes de que la guerra llegue a un punto muerto.

Por lo tanto, Occidente debe aumentar aún más la presión sobre Rusia. Esto significa, por ejemplo, aplicar el sexto paquete de sanciones de la UE y ampliarlo posteriormente de acuerdo con la declaración del G-7 del 8 de mayo de 2022.

Al mismo tiempo, el apoyo militar a Ucrania debe continuar y ampliarse. El debilitamiento del esfuerzo bélico ruso y el fortalecimiento de las capacidades de defensa de Ucrania serán fundamentales para minimizar las pérdidas de Kiev –territoriales y de otro tipo– y fortalecer su posición en las futuras negociaciones.

Stefan Wolff, Professor of International Security, University of Birmingham y Tatyana Malyarenko, Professor of International Relations, National University Odesa Law Academy